Iba a escribir esta entrada sobre el videoescándalo que ha dado fama mundial a nuestro bonito-león-guanajuato, pero los acontecimientos mandan y en este blo; mis sentimientos también. Así que el post sobre las leonesas clases de tortura queda para mañana.
Me acabo de desconectar de las 2 horas 30 minutos de transmisión en vivo de la liberación de Ingrid Betancourt y otros 14 secuestrados de alto valor político para las FARC, en Colombia.
He llorado, he orado y me siento muy feliz.
Ingrid Betancourt ha sido liberada. Hoy ha tenido su Pascua.
Recuerdo que un amigo –uno de los tipos más creativos que he conocido en el periodismo y en la vida- que ha visitado Colombia por cuestiones de trabajo en varias ocasiones, me hizo un comentario en este mismo espacio que me dejó sin habla por varias semanas: “¿Sabías que Ingrid Betancourt fue secuestrada por las FARC porque ella -malamente- así lo quiso?”.
Según las opiniones muy difundidas entre colombianos, que mi amigo recabó, Ingrid “estaba en plena carrera para la Presidencia de Colombia cuando de repente, en un arrebato populachero, quiso ir a una provincia cercana al territorio dominado por las FARC; para ello, pidió apoyo al Gobierno Federal, que le dijo que no, por lo arriesgado de la zona, y le recomendó que no fuera. Después pidió ayuda al Gobierno de esa provincia, y le dijo que no, por lo conflictivo de la zona, y le recomendó que no fuera. Pidió también apoyo a su partido; recibió esa misma respuesta. Y todos le aclararon que sería como "entregarse sola".
Muchos colombianos, incluso, conjeturaban que arriesgarse de ese modo tenía cálculos políticos, que a la postre salieron mal para todos, especialmente para ella y su familia…
Yo quise contestar aquel comentario, pero no tuve con qué. Caí en la cuenta que mi conocimiento sobre las FARC y el contexto específico del secuestro de Ingrid era muy pobre. Mi conmoción por su cautiverio era relativamente reciente (es decir, yo no comencé a ocuparme a fondo de las notas sobre su caso desde que fue capturada en 2002) aunque muy intensa por las cartas y videos que fueron la “prueba de vida” que se difundió a finales del año pasado.
Desde entonces estuve navegando y buscando bibliografía sobre la historia de las FARC. Poco he encontrado (en contra de la también fascinante historia de Sendero Luminoso, que luego les cuento), amén de las cientos de notas y artículos que leí y contrasté en mis medios en web. Me dieron muchas ganas de ir a Colombia hasta las radiodifusoras que trasmiten mensajes a los secuestrados; como aquí se trasmiten saludos para el novio o la amiga por “la rancherita”, allá hay programas por los que familiares y amigos de los secuestrados mandan voces de aliento a los suyos. Son casi su única forma de comunicarse y son, como pueden imaginarse, su tabla de salvación.
En el ínter se dio el ataque al campamento de las FARC donde masacraron a estudiantes mexicanos. Mi mente volvió a revolverse pero mi corazón seguía cobijando la esperanza de que liberaran a Ingrid. Hubo varios días en que mi convicción era que Ingrid ya estaba muerta. Sé que en la selva colombiana hay más de 500 secuestrados pero ella era el rostro de los demás a quienes no podía imaginar.
Ya en libertad, en la primera rueda de prensa, le preguntaron si se arrepentía de haber ido a San Vicente del Caguán donde la secuestraron. Me pareció que fue de las preguntas que más se le dificultó responder, pero con todo el dolor que supuso, ella dijo: (cito de memoria) “yo no quería ir, pero mi campaña estaba pasando por un momento bajo, mi padre estaba muy enfermo y los médicos me dijeron que en cualquier momento se podría ir, pero el equipo de campaña pensaba que yo debía ir, el alcalde y la gente de ese lugar que me apoyaba nos estaba esperando. Fui porque sentí el compromiso con los que trabajaban en mi causa… Y lo volvería a hacer”.
Los colombianos y todos aquellos que conocen mejor las circunstancias del secuestro de Ingrid, de la historia de las FARC y de la política colombiana podrán dudar o juzgar este gesto de congruencia, dibujado como a menudo nos ocurre a cualquiera, en medio de dudas, debilidades o razonables cuestiones prácticas. Yo le creo. Así que hoy además de darme muchas ganas de conocerla en persona, de tocar su pelo tejido en una trenza interminable, de darle un abrazo de bienvenida al mundo de los vivos, de saber cuándo se hizo de la pulsera con que la retrataron en la prueba de vida y que hoy aún portaba, también me han dado muchas ganas de darle las gracias por la congruencia.
P.d: Ya llegó a casa Pamuk. Es blanco todo él y ha puesto a mi marido muy contento. Tiene corazón francés (Renault) pero fue armado en Turquía; por eso le pusimos Pamuk, que significa algodón. La otra opción era ponerle süt que significa leche, pero como que no le venía muy bien el nombre, ¿no les parece?