octubre 30, 2007

Silabario

Este espacio-tiempo ya propició algo más que un balbuceo. Creo que en el par de meses en el territorio del blog me he probado (en ambos sentidos de la palabra que nuestro español no distingue pero que el inglés sí lo hace: prove & test) que puedo articular palabra, enhebrar ideas y sentires. Incluso ya hasta quisiera cambiarle el nombre al blog, que en vez de llamarse a-gu-gu-ta-ta se nombrara Silabario. (No lo haré pues hay alguna regla de los editores que desaconseja andarle cambiando de nombre o formato a un medio de comunicación que apenas comienza, como éste, mi bló)
El silabario era un librito que se usaba para enseñar a leer cuando mi abuela Sara recibió la educación básica, a inicios del siglo pasado. Ella me lo describía hasta donde su memoria le daba pero nunca he podido encontrar en alguna biblioteca o un museo un ejemplar de silabario.
Imagino que serían como “el libro mágico” de mi época de la Primaria, en que uno iba llenando páginas de ma – me – mi – mo- mu y luego ya se animaba con lo de Mi-mamá-me-mima. Pero mi abuela decía que los silabarios no eran tan voluminosos como “el libro mágico”, eran casi unos folletitos y también contenían canciones e ilustraciones.
Mi silabario en bló va en lo primero: en lo de juntar sílabas y arriesgar frases.
Gracias a los que llegan y me escriben; también a los que llegan y se van sin avisar, es decir a los que me leen y no dejan sus notas en el blog, sino que escriben a mi mail. Queda para una investigación posterior saber por qué a la mayoría de mis compitas –todos ellos tipos de buen seso, chicas de talento- les da chivia contestarme en el mismo blog. No es reclamo, de verdad, es pura duda académica, de la que excluyo a mi anciano Padre, quien a sus 60 y tantos tiene cuentas de mail en todos los servidores conocidos (yahoo, hot, gmail, todito, etc.) pero aún no aprende a poner comentarios en los blogs…Imagine that! Este fin de semana su única hija (reconocida legalmente, o sea yo) le dará un curso intensivo a ver si remonta este déficit de manejo tecnológico. Pray for him.
Mientras tanto los saludo. Ha sido muy estimulante (en los primeros días, francamente adictivo) escribir para ustedes en el blog. También un poco frustrante que los deberes se impongan a los placeres y las disciplinas personales que una intenta tomar con seriedad, como esta de escribir un post a la semana.
Por ahora me he puesto a mano. Leve, pero aquí sigo.

octubre 11, 2007

The little budget of the nation

Hace un mes empecé a escuchar sobre el escandaloso reportaje de la revista Quién sobre los ranchos de Fox en San Cristóbal. Hacía meses que no compraba la revista, (aunque me confieso aficionada a revisarla) y ahora me resistía a hacerlo pero en el Sanborns estaba agotada (leer revistas gratis es lo único que Slim regala!) así que terminé por adquirirla. Quise ver por mi lo que en todos los comentarios de los opinadores profesionales de los medios de comunicación se tildaba de riqueza inexplicable, residencia de lujo y demás.
Recordé que cuando Fox dejó el gobierno de Guanajuato para irse tras su aspiración presidencial yo aun era reportera de las que hacían guardia en a.m. Ese día, recibí la encomienda de mi editora de seguir a Fox a donde fuera y cronicar todo lo que hiciera esa tarde.
Yo ya lo había estado reporteando durante la mañana y me parecía que la nota “ya la había dado”. En resumen era de esas órdenes de información que en su momento uno no entiende muy bien y sin embargo la intenta cumplir.
Así caí al rancho, no al de San Cristóbal donde el casco de hacienda era la casa familiar que aún habitaba la señora Mercedes Quesada, sino al de La Estancia, ahora retratado por Quién.
Entrar en el rancho no era difícil. De hecho los accesos estaban francos, las cercas se abrían por el que quisiera pasar y sólo recuerdo a un guardia de vigilancia.
Cuando llegamos el fotógrafo y la reportera, le pedimos al vigilante que queríamos hablar con “el gobernador”. Ya está descansando, no creo que los atienda, recuerdo por respuesta. “Bueno, entonces dígale que aquí nos vamos a quedar”, le respondí siguiendo la instrucción de mi editora. Me senté en unas piedras que había por el lugar, el fotógrafo regresó al vocho del periódico, también a esperar. Ajá, el terreno lucía seco, descuidado. Ya estaba “el lago” pero distaba mucho de ser el sitio rodeado de verdor que ahora se conoce y no, no recuerdo la alberca.
A los 15 minutos de espera, el propio Fox salió a la puerta y nos reiteró que ya no daría más entrevistas, que no nos atendería y que en un rato estaba por salir. “Sáquenos una cobija y aquí lo esperamos”, recuerdo que le dije. Fox se rió y entró a su casa. De ratito, el guardia nos hizo pasar. Entramos por el vestíbulo principal hasta el despacho. Ahora que lo veo retratado en Quién me parece muy igual: el escritorio de cristal sostenido por cabezas de caballo labradas en cantera, los libreros de madera y los libros, los mismos al parecer: una colección breve de enciclopedias escolares y una serie de grandes obras de literatura que se coleccionaban en los ochentas! Lo que sí falta es una gran lámpara cuya base era una botella de cocacola gigante sobre la que ese último día de Fox gobernador el personaje me estuvo contando.
Mientras Fox escuchaba a una de “sus artistas favoritas” Paloma San Basilio, traté de mirar todo, de memorizar los detalles. Seguramente hoy he perdido la mayoría de ellos, pero bien claro tengo que se trataba de una casa modesta, de una planta, oscura y un poco abandonada en su mobiliario y decoración. En retrospectiva, puedo afirmar que Fox parecía desprendido de la necesidad de mostrar su casa.
No recuerdo mucho la plática, pero sí que estuvimos unos minutos allí, como visitas. Luego salimos, él en su camioneta y nosotros en vocho tras de él. Pasamos a la Comercial Mexicana porque el entonces candidato quería comparar precios para comprar una caminadora. “Me tengo que ejercitar porque el camino es largo”, me dijo más o menos. Luego lo acompañamos al aeropuerto. Iba a recoger a sus hijas que volvían de Europa. Allí se encontró con Lilián. Me sorprendió que a pesar de ser conocida su separación, en todo momento se mostraban como pareja, como familia.
En fin. Era otro tiempo. Era otro Fox. Y este post quiere hablar del de ahora.
Veo el reportaje de la revista Quién y los comentarios que desató y lo primero que me pregunto es ¿qué es el lujo? Se de la propensión de los periodistas por usar calificativos imprecisos, subjetivos. Y también, corroboro la debilidad de editores en todos los niveles y medios, por no corregir esto.
Veo el rancho La Estancia y admiro la mano de un buen arquitecto que transformó un lugar lúgubre en una residencia luminosa. Sinceramente yo, en la misma revista Quién he visto casas “más lujosas” que la de Fox.
Con ello no quiero decir que le creo a Fox en el sentido de que esa transformación de sus bienes y de su posición, no es fruto más que de su trabajo. Cada vez se conocen más indicios que ponen en cuestión que toda la catadura moral de su familia que Vicente presumió -y que muchos creímos- no fue suficiente para blindarlo ante lo subyugante que ha de ser el poder, sobre todo mediado por la voz, influencia y debilidades de Martha, su mujer.
Lo que me entristece es ver al Fox de ahora. Primero diciendo que todo es bien habido y luego que no tiene nada. Primero que la bulla es de los periodistas que “hasta lo que no comen les hace daño” y ahora que las críticas vienen de sus opositores políticos.
A mí, más que “el lujo” que se trasluce en las fotos de Quién, me ofende que la casa de Fox tenga un verdor que es impensable para sus vecinos de La Estancia, porque él tiene el agua que los demás no.
A mí, más que las pugnas por que se investigue el “enriquecimiento” de Fox, me inquieta que no haya ningún órgano del Estado confiable para hacerlo y muy poquísimos medios de comunicación que se empeñen en documentar más que en calificar.
A mí, me sorprende los cambios de un Fox que lejos del ejemplo de sus hermanas Martha y Susana, que se comprometen con acciones sociales sin requerir de los reflectores, él se empeñe más en cacarear que en poner el huevo.
Finalmente, a mí me molesta que Fox disfrute hoy de un sueldo generoso por no hacerle ningún servicio al país, por gastar, “the little budget of the nation” (Fox dixit), únicamente en vanagloriarse de su vacuidad.